Se había jubilado, pero se reactivó por la crisis para ayudar

En la vida, todos tenemos que aprender a ponerle un punto a cada situación. A veces, creemos que es un punto final, que esa historia terminó, pero no es así. Después nos damos cuenta de que se trataba de un punto seguido, de que todavía había algunos párrafos por escribir y que son los más importantes de la historia, el comienzo de capítulos apasionantes, de los que dejan huella.

Ese es el caso del médico español Francisco Ibáñez. Durante 39 de sus 65 años, trabajó como anestesista en el hospital La Fe, de Valencia (España), pero hace un año y medio se jubiló y desde entonces se dedicó a descansar, a cuidar de su esposa y dos hijos. Su casa queda en las afueras de la ciudad, rodeado de la naturaleza, y pasa la mayor parte del tiempo trabajando en su huerto.

Esa plácida rutina, sin embargo, se quebró hace unos días. Alarmado por las noticias derivadas de la crisis humanitaria provocada por el coronavirus, Francisco tomó decisión radical que, inclusive, causó polémica en su familia: volvió a ponerse la bata blanca y se presentó como voluntario para ayudar a atender a los miles de personas contagiadas. Su hijo lo reprochó, su esposa e hijo los animaron.

“No lo dudé ni un momento. Si la sociedad sufre, yo también sufro. No podía quedarme en casa. Para mí, ayudar en estos momentos es lo primordial, dijo. Como él, unos dos mil médicos y especialistas de la salud dejaron el encierro y, a pesar del riesgo inminente para su vida, se sumaron a quienes desde hace meses luchan por evitar que la epidemia cause más estragos.

“Mi hijo era más reticente porque mi edad supone un elemento de riesgo, pero mi hija y mi mujer, que también es médico, me animaron. Les preocupa que estoy en la primera línea de atención para intubar y ayudar en reanimación, pero lo aceptaron. Tomaremos las medidas pertinentes, pero sí, priorizo el apoyo mutuo. Ayudar es más importante incluso que mi vida”, agregó convencido.

A Francisco, como a sus demás colegas, los mueve el juramento hipocrático. ¿Sabes de qué se trata? Es la promesa que pronuncian los graduandos de las diferentes áreas de la medicina en el momento de recibir su diploma como profesionales. Este juramento incorpora un alto contenido ético que rige la práctica de los médicos y se que obliga cumplir por el resto de su vida.

Este es el texto actualizado del juramento, adoptado por la Asociación Médica Mundial (AMA) en su reunión de octubre de 2017 en Chicago (Estados Unidos):

“Como miembro de la profesión médica:
PROMETO SOLEMNEMENTE dedicar mi vida al servicio de la humanidad;
VELAR ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes;
RESPETAR la autonomía y la dignidad de mis pacientes;
VELAR con el máximo respeto por la vida humana;
NO PERMITIR que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes;
GUARDAR Y RESPETAR los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes;
EJERCER mi profesión con conciencia y dignidad, conforme a la buena práctica médica;
PROMOVER el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;
OTORGAR a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que merecen;
COMPARTIR mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud;
CUIDAR mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel;
NO EMPLEAR mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza;
HAGO ESTA PROMESA solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor”
.



La situación a la que se enfrenta la humanidad en los últimos meses, con una epidemia global, más de un millón de contagiados y una creciente cifra de fallecidos (más de 600.000), ha servido para que personas como Francisco Ibáñez nos demuestren que verdadero sentido de la vida es ayudar a otros. Esa es la razón, el único motivo, por la que cada uno de nosotros llegó a este mundo.

“Nunca podría haber imaginado que, tras la jubilación y después de 39 años, volvería a trabajar y menos que haría en las actuales circunstancias. Cuando me jubilé, me vine a vivir al campo, tengo mi huerta, estoy tranquilo. Sin embargo, estoy dispuesto a sacrificarlo todo con una incertidumbre total porque no sé qué me puede pasar”, afirma. Y, la verdad, el mundo necesita más personas como él.

Una de las realidades más preocupantes en medio de la crisis es la falta de personal médico capacitado y, sobre todo, con la experiencia necesaria para atender en situaciones de alto estrés. Por eso, el aporte que puedan ofrecer personas como Francisco no solo es crucial: también puede significar salvar algunas vidas y eso, por supuesto, hace que valga la pena correr el riesgo.

Unos de los peores males que enfrenta la sociedad moderna en la actualidad son la soledad y el individualismo manifiesto a través del egoísmo, del egocentrismo. La tecnología producto de la revolución digital, que se supones nos iba a unir, que iba a derribar las fronteras, que iba a acabar con las limitaciones (de hecho, a veces se cumplen esos objetivos), ha ahondado las distancias.

Sí, es cierto que podemos comunicarnos con personas que están, literalmente, del otro lado del mundo, que podemos acceder inclusive gratuitamente a educación de calidad, que podemos trabajar desde donde haya una conexión a internet. Sin embargo, también es cierto que hemos adquirido hábitos que nos alejan de nuestro entorno más cercano, nos volvimos más egoístas.

Y esa, a mi juicio, es una de las más valiosas lecciones que deberíamos aprender de esta caótica situación provocada por el COVID-19: redefinir las prioridades, entender que nuestra vida tiene sentido solo si ayudamos a otros efectivamente; si compartimos lo que somos y poseemos, nuestro conocimiento, experiencia, dones, talentos y pasión, como hace ahora Francisco.

Una razón por la cual decidió dejar su apacible retiro fue el recuerdo de la crisis de 2008, en la que el sistema de salud de Valencia casi colapsó. Fueron hechos muy dolorosos que nos obligaron a los médicos a adoptar soluciones creativas para sortear la carencia de material y curar a los pacientes. Desde entonces, hemos trabajado en condiciones indignas, más indignas que ahora”, asegura.

Los medios de comunicación cada día hacen eco de donaciones surgidas de las cuentas bancarias de celebridades, y está bien: cualquier aporte sirve. Sin embargo, no se trata solo de dinero. Lo realmente importante es la vida de otros seres humanos y lo que cada uno de nosotros, lo que tú, puede hacer desde su conocimiento, experiencia y pasión para ayudar como lo hace Francisco Ibáñez.

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