Las tormentas, como los días difíciles, vienen y van. Lo importante es nuestra actitud inoxidable, ella es quien nos reviste de esperanzas, quien nos recuerda cuáles son nuestros valores, necesidades y prioridades. Ella es nuestra brújula para que no nos perdamos.

Las tormentas aplacan la luz llenando el cielo de losas oscuras, vientos y aguaceros. A menudo, nos asustan y nos obligan a guarecernos, a mirar el mundo desde la ventana mientras esa lluvia arrecia. Sin embargo, hay algo que tenemos claro: tarde o temprano acabará, como toda dificultad en la vida. Lo importante, como casi siempre, es mantener una actitud inoxidable.

Decía William James, célebre filósofo y psicólogo de finales del siglo XIX conocido por ser un pionero en el estudio científico de la psicología,  que hay un componente maravilloso en el ser humano. Es ni más ni menos que nuestra actitud. Gracias a ella podemos en un momento dado, variar nuestro comportamiento y adecuarlo a las circunstancias para salir airosos, victoriosos.

Estas dimensiones son una conjunción determinante de emociones, creencias y tendencias de comportamiento que nos orientan hacia objetivos concretos (Hogg y Vaughan, 2005). Nuestras actitudes pueden ayudarnos a cruzar puentes o bien, dejarnos bordeando un pozo pensando que no hay salida, quedando atrapados en un enfoque mental rígido y fatalista.

Así, si bien es cierto que estos constructos psicológicos tienen un componente genético y otro ambiental, en el que nuestro aprendizaje y educación tienen una parte de trascendencia, hay algo innegable. Todos podemos erigir una actitud más fuerte.

Cada uno de nosotros tenemos la posibilidad de esculpir una actitud donde los miedos no tiemblen, donde siempre exista la esperanza y la confianza en los propios recursos.

Una actitud inoxidable para días soleados y de tormenta

Icek Ajzen, psicólogo social de la Universidad de Massachussets, explica en su libro Attitudes, Personality, and Behavior, que una actitud inoxidable necesita un principio de coherencia. ¿Qué significa esto?

Implica, por ejemplo, que cada uno de nosotros debe cuidar de esa armonía interna entre lo que siente y lo que hace, entre lo que defiende y lo que demuestra, entre lo que desea y en lo que trabaja cada día.

Las actitudes tienen tres componentes básicos: las emociones, las creencias y los comportamientos. Esos tres pilares deben estar siempre firmemente alineados en nuestra mente y en nuestro corazón.

Uno no puede, por ejemplo, defender la naturaleza y el medio ambiente y quedarse callado cuando un amigo o la propia pareja tira una lata o una colilla encendida a un bosque. Una actitud se siente, se expresa y se proyecta en un comportamiento.

Por otro lado, y más allá del principio de coherencia, hay otros elementos determinantes. Debemos conocer cuáles son las características de una actitud inoxidable, es decir, de esa disposición psicológica que nos puede permitir encarar mejor las dificultades, los retos vitales. Son las siguientes.

La actitud proactiva, la mente que anticipa cómo reaccionar ante las tormentas

Nuestra actitud puede ser reactiva o proactiva. La primera conforma una mentalidad pasiva que se limita solo a reaccionar ante los acontecimientos. Cuando surge algo inesperado, simplemente, recibe el golpe y se deja llevar por esa embestida. Es un enfoque que no sabe muy bien cómo manejar los imprevistos y que se limita a hacer lo que otros hagan, a obedecer.

Por contra, tenemos ese ingrediente excepcional que sirve de aleación a la actitud inoxidable, y no es otro que el enfoque proactivo. Es ese que lejos de rendirse, se siente preparado para los retos y desafíos. Ante una dificultad no se obsesiona en preguntarse «por qué» ha ocurrido esto o lo otro; se centra en el «para qué» y en el «cómo» .

Busca la enseñanza, intenta ver una solución y una nueva perspectiva. A su vez, despierta recursos como la creatividad para hallar diez respuestas a ese problema, otros caminos y visiones en las que jamás caben las rendiciones.

La actitud inoxidable cree en la esperanza, en que mañana será mejor que hoy

En el 2012, la Universidad Yeshiva, de Nueva York y el Colegio de Medicina Albert Einstein, realizaron un estudio interesante. Querían conocer la relación entre la actitud de las personas y su relación con la longevidad humana. Así, algo que descubrieron es que aquellos hombres y mujeres que llegaban a los 100 años, tenían algo más que una buena salud.

Eran personas optimistas, tenían una actitud abierta, esperanzada, eran muy sociables y tenían a su vez, una personalidad tranquila, sosegada y centrada. Sabían lo que querían y lo que consideraban valioso en sus existencias.

Asimismo, gran parte de ellos habían pasado por momentos complicados, pero en medio de esas circunstancias, jamás dejaron espacio a la rendición. Sentían, sencillamente, auténtica pasión por la vida.

Una actitud inoxidable es la que nos permite encarar los vientos en días de tormenta y la que sabe disfrutar a su vez, de las épocas soleadas donde todo es calma.

Ese enfoque mental está revestido de una aleación única, una donde se integra la positividad, la mente proactiva, la esperanza y ese empeño inusual por no rendirse. Por ser como el bambú en medio del huracán, alguien flexible pero increíblemente resistente.

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater